Esta semana tuve yo unas experiencias interesantes, usted sabe que cuando uno envía un correo electrónico, lo hace por “replay”, así como se dice acá en los Estados Unidos, que es cuando usted le contesta a una persona sin borrar el correo anterior enviado por la persona. Bueno, sucede que unos amigos amados y compañeros en el ministerio me enviaron la noticia de que la esposa estaba embarazada y que estaban, después de muchos años esperando un bebe.
De la última vez que estuvimos juntos en su país, hasta habíamos hablado del nombre que la nena o nene llevaría, jugamos, compartimos, lloramos de alegría, fue cuando ellos me enviaron un Email, diciendo que sí la hermana estaba embarazada, yo pronto contesté de mi profunda alegría en saber de esta noticia tan hermosa para ellos y para nosotros que hemos aprendido a amarlos como hermanos en la fe. Hoy leí su email de nuevo, diciendo del aborto que había pasado la hermana, lo que la llevó a perder su embarazo.
En la misma pantalla, así como en los “replays”, estaban las tres noticias: El primero diciendo del embarazo, el segundo con mi contestación de alegría y ahora el tercero con el corazón despedazado del papá y de la “casi mamá”. Me toca contestarle una cuarta vez y para decirles la verdad a ustedes, yo no tengo palabras para hablar a estos siervos de Dios.
Yo pudiera hablar del pensamiento práctico alemán, con su teología definida de que todo es un acto de fe, por lo tanto, uno tiene que creer y su fe en parcería a la voluntad de Dios, lleva a uno a vivir lo mejor mañana, lo que es una verdad, pero no alcanza consolar el corazón despedazado de estos preciosos hijos de Dios.
Pudiera comentarles de la línea de pensamiento de Calvino, con su determinación en cuanto a describir la soberanía de Dios. Todo es acto del Altísimo, todo está bajo el control de Dios y nada sucede si Dios no lo autoriza. Aún que pudiera encontrar cientos de versículos, tanto en el Nuevo cuanto en el Viejo Testamento para probar este punto de vista, quedaría corto delante del dolor que probablemente el que pierde tiene que pasar.
En una hora como esta Soren Kierkegaard queda mudo, Jean Paul Sartre no tiene que decir, el triunfalismo carismático no alcanza y después que uno pasa por todas estas fases de reflexión, pensamientos y recursos mentalidades en el atrevimiento de explicar la perdida, queda Dios.
Del otro lado del inexplicable, desde la “orilla” del incomprensible, de donde la lógica y la razón humana no mucho ayudan, cuando todo el pensamiento racional no mucho alcanza consolar el corazón que se partió con la perdida de algo querido y precioso. Sobra “llorar con los que lloran”, aprender a vivir de Dios por Dios, de gracia por gracia, la esperanza en contra de la esperanza. El consuelo, si es que existe alguno, es que allá al final de la historia, queda Dios, esperándome, sabiendo como hablar conmigo, llevándome al desierto para conocer mi corazón, que después del torbellino me pregunta: “¿Dónde estabas tú cuando yo crié los cielos y la tierra?”. Queda la esperanza de que después de todo grande diluvio haya un Arco Iris esperándonos.
Me tocó perder mi padre la semana pasada, desde mi país la noticia del cáncer en la garganta, meses después la perdida de la voz, pronto vino la voz mecánica e insoportable de platicar por teléfono, los vómitos, la sangre por la boca, el coma, la muerte a las 9 de la mañana en un viernes.
¿Aprender a perder? Yo no se si es posible, pero entre los pedazos de esperanza de una vida fragmentada, digo a mis hermanos de los lados de los aztecas, a mi propio corazón y a usted que quizás trata con el dolor de una pérdida en estos días: Del otro lado del dolor hay un Dios de amor.
Si estás pasando por un dolor, escríbame, será un placer hablar con usted.
Franco Maximiliano