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08/6-08 en 07.04 por: ministros.org
Los primeros años del cristianismo, Pablo envagelizador de los gentiles

LOS PRIMEROS AÑOS DEL CRISTIANISMO PABLO, EVANGELIZADOR DE LOS  GENTILES

Saulo o Pablo de Tarso, nacido hacia el año 10 d.C. en una familia israelí, era ciudadano romano. En Jerusalén asistió a la escuela del rabino Gamaliel el Grande, se adscribió luego al grupo fariseo y se convirtió en perseguidor de los cristianos, aprobando la sentencia del Sanedrín contra el diácono Esteban. Yendo de Jerusalén a Damasco, comisionado por el Sanedrín para prender a los judíos cristianizados, según explica Lucas en los Hechos de los Apóstoles, “ ya se acercaba a esta ciudad cuando de repente le cercó de resplandor una luz del cielo. Y cayendo en tierra oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo ¿Por qué me persigues? y él respondió: ¿Quién eres tú, Señor? Y el Señor le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. . . Él entonces, temblando y despavorido, dijo: Señor ¿qué quieres que haga? Y el Señor le respondió: Levántate y entra en la ciudad, donde se te dirá lo que debes hacer”. ( Hch. 9, 3-7)

 

Tres días estuvo ciego Saulo, o Pablo, en Damasco hasta que Ananías, obedeciendo instrucciones del Señor le impuso las manos y le bautizó. Saulo se convertía desde entonces de perseguidor en apóstol del cristianismo. Con centro de la comunidad de Antioquía donde le llamó Bernabé, se preparó para evangelizar el Asia Menor. El año 44, Pablo con Bernabé y Juan, llamado de sobrenombre Marcos, partía de Alejandría, predicaba en la isla de Chipre, y marchaba luego a Panfilia y Pisida. Se adentró por Licaonia y llegó a Iconio, Listra y Derbe para regresar a Antioquía por tierra. En el segundo viaje misional, alcanzó Frigia, Misia y Macedonia, fundó la comunidad de Tesalónica, predicó en Atenas y Corinto, donde permaneció unos dieciocho meses. Fundó iglesias en la mayor parte de las ciudades que visitó y regresó a Palestina pasando por Éfeso, para volver a Antioquía.

 

Unos dos años después ( 54 d.C.) recorrió, en su tercer viaje, el centro de Asia Menor ( Frigia y Galacia) y estuvo más de dos años en Éfeso, donde logró numerosas conversiones para navegar hacia Tesalónica y andar luego a Corinto. Por Mileto, regresó a Jerusalén y allí fue perseguido y conducido a Cesarea, en cuya cárcel pasó dos años. Su apelación al César le valió el traslado a Roma. Gozó en Roma de una libertad vigilada que no le impidió proseguir su obra evangelizadora, llegando probablemente hasta la Tarraconense, mas en la persecución decretada por Nerón murió decapitado (67 d.C.).

 

                                               EL FINAL DE LA ETAPA APOSTÓLICA

Hacia el año 62, el sumo sacerdote del judaísmo, Aniano, hizo prender al apóstol Santiago, que regía la iglesia de Jerusalén, y le ajustició. Uno de sus hermanos, Simón, fue llamado a sucederle, pero la situación política de Palestina se agravaba y los conflictos internos del hebraísmo eran cada día mayores. De los apóstoles vivía tan sólo Juan, el evangelista, que se había trasladado a Éfeso, iglesia madre de muchas de Asia Menor y Gracia, donde se manifestaban brotes gnósticos.

El emperador Vespaciano no molestó a los cristianos y el cristianismo siguió extendiéndose, hasta que, en el año 90, Domiciano inició una nueva persecución. Juan fue llevado primero a Roma y desterrado luego a la isla de Patmos, donde escribió el “Apocalipsis” y algunas de sus cartas. Bajo el imperio de Nerva, de quien dice su biógrafo Xifilino que “no permitió que se acusase a nadie por haber observado las ceremonias de la religión judaica o haber descuidado el culto de los dioses, pudo regresar Juan a Éfeso, y pocos años después falleció, de edad muy avanzada. Con su muerte concluye la etapa apostólica.

 

Algunas características de esta etapa: El cristianismo se ha independizado del judaísmo plenamente. Se organizaron las primeras comunidades dirigidas por episcopoi y presbitero. El carácter mesiánico y divino de Jesús se reafirma, así como el concepto de su acción redentora. La iglesia ( por ekklesia se entiende, al principio, el conjunto de los cristianos) se define como cuerpo místico cuya cabeza es Cristo. Al concluir el siglo I, el cristianismo se ha extendido por la cuenca del Mediterráneo, cuenta con las cartas básicas (que mas tarde se constituirían en el N.T.) y las distintas comunidades urbanas se sienten unidas. El único germen temible, que intentó corroer sus cimientos, es el gnosticismo, de hecho anteriores a los cristianos algunos autores han considerado fundador a Simón Mago (a quien se refieren cumplidamente los Hechos de los Apóstoles), creían saber todo cuanto era posible saberse, y estar en posesión de un medio revelado eficaz para alcanzar la gnosis o conocimiento de la Divinidad. Doctrina sincretista en su fondo, el gnosticismo advertía la oposición existente entre el mundo material-malo y el espiritual-bueno. La materia era obra de un demiurgo (dios inferior o de los ángeles, y esto les llevó a considerar que el cuerpo de Jesucristo no podía ser materia (pues no podía ser malo). La salvación para el gnóstico dependía del conocimiento personal, era fruto de su ciencia. En el siglo II, ciertas ideas gnósticas, la trascendencia de las cuales queda implícita tras su simple enunciación, influyeron en varios sectores cristianos y tendieron a la racionalización de la fe. Apuntaba el peligro de las primeras herejías, del mismo modo que habían empezado las persecuciones.

 

LA IGLESIA PERSEGUIDA

Al principio, los romanos consideraron el cristianismo como una nueva secta judía. Aparte de las esporádicas persecuciones de Nerón y Domiciano, durante el siglo I los cristianos tuvieron que enfrentarse con mayor frecuencia con la animadversión de los escribas y fariseos, rectores del judaísmo, que con las autoridades romanas. Cuando Plinio el Joven, gobernador de Bitinia, consultó al emperador Trajano ( 98-117) la conducta que debía observarse con los cristianos, que según sus informaciones, acostumbraban a reunirse ciertos días muy de mañana, “entonan un himno a Cristo, como a un Dios... y con juramento se obligan a no cometer delitos... Se reúnen después, al atardecer, para tomar en común un alimento inocente...” Y aludía implícitamente a la creencia difundida por personas interesadas en desprestigiar el cristianismo, de que en sus reuniones secretas los cristianos “iniciados” se entregaban a misteriosas orgías.

 

Para evitar la profanación de la santa cena y las especulaciones malévolas sobre el Dios Trino, la iniciación cristiana exigía a los fieles reserva en la manifestación de algunos actos litúrgicos, incluso con los catecúmenos.

 

Quinto Séptimio Tertuliano, en su “Apología contra los gentiles”, escrita en el año 200, explica cuáles eran los delitos que la fama imputaba a los cristianos:

“ Que en la nocturna congregación sacrificamos y nos comemos un niño. Que en la sangre del niño degollado mojamos el pan y empapado en la sangre comemos un pedazo cada uno. Que unos perros que están atados a los candeleros los derriban forcejeando para alcanzar el pan que les arrojamos bañado en sangre del niño. Que en las tinieblas que ocasiona el forcejeo de los perros, alcahuetes de la torpeza, nos mezclamos impíamente con las hermanas o las madres.

De estos delitos nos pregona reos la voz clamorosa popular, y aunque ha tiempo que la fama los imputa,  hasta hoy no ha tratado el Senado de averiguarlos”. (Apología, c.7)

           

Los gentiles asimilaban las reuniones nocturnas de los cristianos a ritos orientales de los “misterios”, como los de Eleusis y Samos, enraizados en las prácticas mágicas, los misterios de Cibeles, los de Isis, originarios de Egipto, o los de Mitra, procedentes de Persia, que alcanzaron notable difusión incluso en España y en especial en la costa catalana.

 

Pero si antes Trajano pudo contestar a Plinio que el cristianismo era en sí un crimen y que los acusados convictos debían ser condenados a muerte, siempre que hubiera un acusador anónimo, era principalmente por negar el culto al emperador y a los dioses del panteón romano. No obstante, Trajano no entendía que la justicia romana debiera dedicarse a descubrir cristianos y atender acusaciones anónimas, ni menos aún entregarse a una persecución general. Y esta respuesta de Trajano sirvió de norma hasta Cómodo (180 d.C.), pero con tal norma el cristianismo continuó sus progresos.

 

Desde Cómodo se acentúa una persecución estatal del cristianismo en el mundo romano, que dura hasta el año 313, aunque con algunos intervalos de paz prolongados. Las persecuciones sistemáticas suelen seguir a la promulgación de un edicto, establecido con fines preconcebidos de exterminio. Así, por ejemplo, el de Septimio Severo (201 d.C.) que prohibía las conversiones, el de Decio contra los sospechosos, o el de Valeriano, que suprimía las asambleas cristianas, pasando sus bienes al Estado.

 

Decio por odio a su predecesor Filipo (244-249), protector de los cristianos, desencadenó la persecución más violenta que hasta entonces había experimentado la Iglesia. Su biógrafo, Zonaro, en la “Historia Augusta”, puntualiza que “bajo su reinado”  (249-251) recibieron la corona del martirio Fabián, obispo de Roma, Babylas, obispo de Antioquía y Alejandro, obispo de Jerusalén. Es decir, los prelados de las sedes de mayor relieve de la cristiandad.

 

Galieno (260-268) devolvió a los cristianos los bienes confiscados, pero Diocleciano (284-305) llevó a cabo una represión en gran escala, la más violenta y cruel de todas. Él y Maximiano, el  co-emperador, “pretendían borrar del mundo el nombre del Salvador y exterminaron en todas las ciudades y pueblos, tan prodigioso número de los que tuvieron valor para confesarlo, que no es posible contarlos” ( Zonaro, Hist. Augusta: Diocl.) “El año diecinueve del reinado de Diocleciano (303) hicieron publicar los dos emperadores un edicto por el que ordenaban demoler las iglesias de los cristianos, quemar sus libros y entregar a la muerte sus doctores y sacerdotes, excluir de las dignidades y del ejército a los que pertenecían a esta secta y reducir a la esclavitud a los particulares” (Zonaro, Id.)

 

Diez años más tarde, la victoria de Constantino frente a su rival Majencio, obtenida gracias al signo de la cruz, abría a los cristianos el paso a la libertad de acción, decidida en el llamado Edicto de Milán (313). De hecho, la medida adoptada por Constantino y Licinio de común acuerdo, significaba la plena libertad de cultos en el imperio. Era el primer eslabón de una cadena que en el año 380 llevó a Teodosio a declarar, en el Edicto de Tesalónica, “la religión del apóstol Pedro”, religión del imperio romano. El cristianismo pasaba de la clandestinidad al rango de religión imperial.

 

DEFENSORES DE LA FE CRISTIANA

Durante este tiempo surgieron figuras destacadas en defensa de la nueva fe. En torno de la comunidad de Alejandría, en Egipto, gran centro cultural del mundo romano, se formó una escuela en la que brillaron Clemente (c. 150- 215) y su discípulo Orígenes (185- 254), dos talentos privilegiados. Orígenes escribió numerosas obras (unas 800) y aunque incurrió en algunos errores graves, debido a su intento de “explicar” orgánicamente todas las dificultades que pudieran presentarse ante la reflexión de las creencias cristianas, en unos momentos en que el dogma no estaba todavía fijado por completo, no cabe atribuir su actitud a afán polémico o sensacionalista, sino a un íntimo deseo de aprehender toda la verdad. Este afán común a muchos espíritus cultos de la época, llevó a polémicas apasionadas. De la pasión que se vertía en los escritos polémicos de los primeros siglos de la Iglesia, podrán dar idea las siguientes palabras de Zonaro, referentes a la persecución de Decio:

                   “En este tiempo (h. 250) también fue llevado Orígenes, como cristiano, ante el tribunal de los perseguidores de la Iglesia, pero no recibió la corona, sin duda por no considerarlo digno de ella Decio, a causa de la impiedad de sus sentimientos; y a pesar de que padeció tormentos por la causa de la fe, perdió su rango de confesor. Ya hemos dicho que habiéndole inspirado excesiva vanidad la grandeza de su saber y su elocuencia, en vez de seguir la doctrina de los antiguos Padres, quiso inventar una nueva; sacó del falso tesoro de su corazón execrables blasfemias contra los sagrados misterios de la Trinidad y de la Encarnación y sembró las semillas de casi todos los errores que han aparecido después. Enseño que el Hijo único del Eterno Padre había sido creado y que no participaba de la gloria y sustancia divinas. Hizo inferior al Espíritu Santo al Padre y al Hijo, asegurando que el Padre no pudo ser visto por el Hijo, ni el Hijo por el Espíritu Santo; de la misma manera que no puede serlo el Espíritu Santo por los ángeles ni los ángeles por los hombres. Éstas fueron las blasfemias de Orígenes contra la santa y consustancial Trinidad. Por lo que se refiere al misterio de la Encarnación, tuvo la impiedad de negar que el Salvador tomase en el seno de la Virgen cuerpo animado de alma racional: pretendiendo que el Verbo estaba unido a un alma antes de la creación del mundo y que posteriormente se encarnó con aquella alma, tomando un cuerpo desprovisto de alma inteligente y racional. Sostiene también que el Señor abandonó su cuerpo y que su reinado debe concluir. Dice además que el suplicio de los demonios es temporal y pasado éste se les restablecerá en su primitiva felicidad, imaginando que los hombres y los demonios quedarán justificados de sus pecados algún día y que entonces todos se reunirán”. (Zonaro, Historia Augusta: Decio)  

La definición y preservación de las verdades de la fe exigía mucha cautela en un ambiente tan diverso y tan presto al sincretismo como el del Imperio romano en aquellos siglos. Los catecúmenos se habían dividido en dos grupos: oyentes (audientes), que deseaban iniciarse en la fe, entre los cuales no faltaban a veces espías a sueldo, pero que demoraban el bautismo, y elegidos (electi), que se preparaban ya para su ingreso en la comunidad cristiana. Unos y otros, aunque más formados estos últimos, debían mantenerse al margen de los ritos reservados para los iniciados y en especial del “misterio” de la carne y la sangre del Verbo de Dios. De aquí que, para reconocerse, los fieles “iniciados” utilizaran símbolos.

 

De claro origen cristiano eran: el pez, símbolo de “Jesucristo Hijo de Dios, Salvador” (las siglas o letras iniciales de las palabras que forman en griego esta frase, son las letras de la palabra que significaba “pez”, en la misma lengua). El cordero, símbolo del sacrificio de Cristo y su victoria, y el Buen Pastor, símbolo de Jesucristo. Algunos símbolos eran de tema histórico - bíblico, como el sacrificio de Abraham, que se utilizaba para representar el sacrificio de la Cruz;  Adán y Eva, imagen de Jesucristo, nuevo Adán que reparó el pecado; el Arca de Noé, imagen de la Iglesia, etc. A veces se utilizaban también escenas alegóricas, como las de la viña, la última cena, las vírgenes prudentes y las imprudentes de la parábola.

 

De la vida de la Iglesia en estos primeros siglos, guarda la ciudad de Roma un testimonio excepcional: Las catacumbas, cementerios de las primeras comunidades cristianas, excavados en las afueras de la urbe y en fincas particulares (de cristianos acomodados), que luego pasarían a la Iglesia. En las catacumbas, que fueron a veces seguro refugio para los cristianos recibieron sepultura también los cuerpos de los mártires, que hallaban muerte en las persecuciones. La veneración que empezó a tributárseles originó la construcción de capillas más amplias entre los estrechos pasillos subterráneos, a menudo superpuestos en varios pisos, e hizo que los cristianos se reunieran en ellas para celebrar los misterios de la fe. El arte cristiano primitivo halló ocasión de plasmar en las paredes de estos recintos y capillas sus admirables realizaciones.

 

Junto a la Vía Appia antigua se hallan las catacumbas de San Calixto, las de San Sebastián y las de Pretextato; en la Vía Ardeatina, las de Domitila, las de Priscila en la Vía Salaria y las de Santa Inés en la Nomentana. Todas ellas, muy visitadas por los peregrinos y turistas que acuden a Roma, no representan más que una mínima parte de las sesenta de que hoy se tiene noticia, con más de seiscientos kilómetros de galerías subterráneas de planta laberíntica, con cuatro o cinco sepulturas por piso, una encima de la otra, como los nichos de un cementerio moderno. Lámparas de aceite las iluminaron débilmente.

 

En épocas de inseguridad los cristianos se dirigían a uno de estos cementerios. Los viñedos disimulaban su entrada. Allí celebraban sus asambleas, en las capillas a que hemos aludido, que generalmente se celebraban en los tituli o casas de nobles,  quienes las prestaban gustosos para ello. Se iniciaba con el saludo tradicional: “Que la paz sea con vosotros...” para continuar con las oraciones, que el pueblo contestaba a coro; seguían dos oraciones breves, diversas lecturas, canto de un salmo, y oraciones y comentario del Evangelio... Cuando concluía esta primera parte, se despedía a los catecúmenos y paganos. Luego continuaba la ceremonia con el ofertorio (en que los asistentes ofrecían sus presentes o ofrendas) y seguían los preparativos para el sacrificio, varias oraciones, entre ellas la eucarística y la comunión bajo las dos especies (fragmento de pan consagrado depositado en la mano derecha de cada participante por el obispo, y un sorbo de la copa de bendición que era pasado, de uno en uno, por el diácono) Oración en acción de gracias, bendición episcopal a los fieles, y la bendición final.

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