Augusto César ocupaba el trono del imperio romano, y bastaba un movimiento de su dedo para poner en juego la maquinaría del gobierno sobre casi todo el mundo civilizado. Estaba orgulloso de su poder y riquezas, y era una de sus ocupaciones favoritas preparar un registro de las poblaciones y de los productos de sus vastos dominios. Por esto promulgó un edicto, como dice Lucas el evangelista, "que toda la tierra fuese empadronada", o para expresar con más exactitud lo que las palabras quieren decir, que se hiciera un censo de todos sus súbditos, para que sirviera como base para futuras contribuciones.